Llanto de una hortaliza no brotada.
Como pueden ver en la imagen, soy un nabo. Una de esas modestas hortalizas que, no hace tanto tiempo, crecían en Zaragoza, en las huertas de las Fuentes, Ranillas o en los hortales de Torrero, cerquita de las parcelas, o junto a la Avda Cataluña, donde ahora lo único que florecen son los edificios y las ruinas de Norconsa o Sacyr-Vallehermoso.

En los 70 e incluso en los 80, buena parte de los tomates que se consumían en Zaragoza podrían haber ido a cogerlos los propios zaragozanos a pie. Se cultivaban a un paso de la urbe, en pequeñas explotaciones. No eran pocos los que tenían su pequeña parcela a un paso de casa donde cultivar las tradicionales cebollas que no pican, las lechugas y sus caracoles (Que también terminaban en la olla) o las modestas y superproductivas rabanetas y nabos como yo mismo.
Pero llegó la destrucción y le llamaron progreso. Zaragoza necesitaba pisos y se planteó una actuación urgente, Actur le llamaron, por abreviar. Zaragoza se extendió en su vega más fértil y de un plumazo desaparecieron decenas de hectáreas de cultivo tradicional. Para ello desecaron galachos, desviaron acequias y hormigonaron la huerta. Ya había habido actuaciones destructoras de tierra fértil mucho antes, pero ese fue el pistoletazo de salida.
Les supo a poco y, puestos a destrozar, por qué no atreverse con los Pinares de Venecia. Mis hermanitos árboles cayeron bajo el todopoderoso Tercer Cinturón de Ronda. Las urbanizaciones, al mismo tiempo, fueron acabando con las huertas que rodeaban el Canal Imperial , estrechando el cerco y dejando sólo unos pocos vestigios de lo que fueron, aunque gente con mucho empeño okupó algunas y las mantuvo vivas.

Sólo sería el comienzo del destrozo en los Pinares. Años más tarde un centro comercial, Puerto Venecia, abriría una nueva herida en la que caerían cientos de árboles para que otros pudieran ocupar su tiempo consumiendo.
Al mismo tiempo nacían nuevos barrios por orden municipal y Parque Goya I y II se levantaban encima de otra zona de huerta, junto a varias de las acequias más caudalosas de Zaragoza. Miles de viviendas cerraban una zona entera de la ciudad, entre los militares y los polígonos industriales.
El recochineo sumo vino cuando hicieron desaparecer la huerta y soto de Ranillas, pero esta vez en nombre del desarrollo sostenible. Un engendro de cartón-piedra brotó a la orilla del Ebro y sustituyó los cultivos y el vuelo tranquilo de cigüeñas o veloz de los halcones sobre los cultivos por un rascacielos hueco y un montón de edificios estrambóticos. Le llamaron Expo 2008 y la dedicaron al agua, al tiempo que destrozaban parte del río, ese recurso que durante siglos modeló Ranillas y que desapareció de un plumazo.
El urbanismo despiadado sigue su avance y lo que queda de las huertas junto a la Avda Cataluña, hasta rebaños se ven aún, justo detrás de la industria, ya tiene todo un plan urbanístico de más ladrillo, más vivienda, aunque luego no haya quien la habite. La agricultura productiva ya ha desaparecido de la zona, el objetivo parece ser acabar hasta con el hortal más diminuto.
Ahora le toca, parece ser, a la Huerta de las Fuentes y de rebote al Soto de Cantalobos. Le llaman popularmente Exponabo al evento, pero probablemente cultivos tradicionales es lo que menos habrá en esa huerta de mentira, en un ajardinamiento hortera hecho a golpe de millones y de recalificación urbanística. Más ladrillo, más hormigón, más desaparición de tierra fértil.
Muchos expertos coinciden en que la tierra cultivable es un valor en sí, que construir encima de ella es una barbaridad. La tierra fértil es un producto de siglos de actividad humana combinada con el ciclo natural de la vida. Es historia viva y real de nuestra ciudad. Hay zonas de huerta mucho más antiguas que el Pilar y por las que han pasado generaciones de personas azada en ristre. Toda esa tierra desaparece sepultada en cemento, en el hambre especuladora de una ciudad, cada vez más grande, pero no más cómoda y desde luego mucho menos humana. Palabra de nabo.


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