Expo-hooligans por Elena Nito del Río
Sonidos de Oéee, oéee bien podrían ser los gritos unánimes de una nueva especie de zaragozano: El Expo-hooligan.
Defensor acérrimo y acrítico de la Expo 08 y todo lo que la acompaña como un icono, nuevo becerro de oro del progreso, defendido más desde las tripas que desde el cerebro.
Una defensa muy similar a la que haría de su equipo de fútbol, defensa placebo de las sensaciones que podría producir un Real Zaragoza ahora descendido a Segunda División.
Y es que, cuando una no tiene nada mejor que hacer, dedica su breve tiempo a la prensa pro-Expo y a los foros de opinión aparentemente unánime de apoyo a la Expo, en los que cualquier oposición al superevento es cosa de locos, ecologistas vagos y hippies piojosos.
Frente a toda esta morralla social que comete el tremendo pecado de pensar contra la norma impuesta y lo que dicen los medios de domesticación de masas nuestros héroes, forofos/as de la Expo lanzan al viento sus bufandas de Fluvi y corean:
- Oéee, oéee, Expo 08, qué majica es.

¡¡¡La Expo me molaaaa!!!
La Expo es buena per-sé, todo es muy bonito, las vistas estupendas, los contenidos fuera de serie y los edificios maravillosos.
A lo sumo se quejan del mísero euro que ponen para el vaso de plastiquete de la Expo o de que el parking es muy caro, pero no faltan los clichés impuestos como el salto de años que ha dado Zaragoza (No sabemos si no será hacia el abismo), que Zaragoza saldrá en el mapa o el montón de infraestructuras que ha traído para la ciudad la Expo. Infraestructuras como un rascacielos hueco, un puente inmenso que no se sabe muy bien si es un gladiolo, una ballena o una copia a escala de la barriga de Roque Gistau, unos barquitos que no pueden navegar, como el de la canción o el azud que nadie quiso pagar y terminó pagando el Ayuntamiento (Es decir, los Expo-hooligans y los que no lo somos).

Yo también soy Expo
Pasean como zombies felices entre el paraíso de cemento y cartón piedra, compran souvenirs a precios de escándalo en los pabellones-mercadillo, acumulan regalitos absurdos de los diferentes países o se maravillan con una proyección en 3-D dentro del pabellón de Aragón, por lo demás prácticamente vacío o se montan en el teleférico o el trenecito, estilo tren de la bruja, para llegar al recinto. Un triste espectáculo que me da que pensar.
Una sola conclusión se me ocurre mirando el desfile de Expo-hooligans y escuchando sus rebuznos, algo que desde los organizadores del engendro tienen bien claro: La plebe se conforma con muy poco.


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