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Expos y urbanismo en Zaragoza – La información que te falta

Caprichos

No nos suele gustar dar cabida a artículos de la prensa pro-Expo, pero en este caso hemos visto conveniente dar espacio a este, que resume una de las ideas que justifica el despropósito de hacer navegable el Ebro adaptando el río a los barcos y no al revés.

El Periódico de Aragón 23 Julio de 2008

José Luis Trasobares

No hacía falta ser un experto en náutica o mecánica de fluidos para saber desde el primer momento que los barquitos botados en el Ebro iban a pasar muchos días amarrados a puerto, y que será necesario dragar una y otra vez el río (como hacían ayer a toda leche) para que tengan suficiente fondo. Algunos ciudadanos se vienen preguntando cuánto costará este empeño navegante. Una pasta gansa, obviamente. ¿Para qué?

Echarle al Ebro unas embarcaciones diseñadas para las plácidas aguas de los lagos, ríos y canales centroeuropeos desafía la naturaleza torrencial del río, los movimientos constantes en su fondo y cauce, las ráfagas de cierzo y otros vientos que soplan sobre Zaragoza y una serie de factores más que evidentes. Advertir de todo ello no era sino puro sentido común. Pese a todo, lo de los barcos ha seguido adelante (contra viento y marea, ciertamente) e incluso dio lugar a una improvisada y polémica intervención en la solera del Puente de Piedra, amén de los sucesivos dragados llevados a cabo.

¿Por qué ese empeño en llevar a cabo cosas que son dificultosas o imposibles? ¿Cómo puede, por ejemplo, ser que una y otra vez se hayan llevado a cabo excavaciones por obras en zonas donde la aparición de restos arqueológicos o de la capa freática eran cosa cantada? ¿Qué lógica tienen esos aparentes caprichos de los señores jefes? ¿Por qué el ejército de técnicos y asesores que rodea a los mandamases no les explica que lo que no puede ser… no puede ser?

Hemos de creer que presidentes, consejeros, alcaldes, concejales y demás familia no se meten en estos barullos por puras ganicas de fastidiar. Es casi seguro que lo hacen sobre todo porque acaban sufriendo delirios de omnipotencia. Llegan a pensar que a ellos no los para ni el freático, ni los vetustos pedruscos del balcón de San Lázaro ni el padre Ebro. Se inyecta hormigón, se draga, se trabaja a tres turnos… y se paga. De cuando en cuando (si el tiempo lo permite), los barquitos irán y vendrán por el río. Y el señor alcalde, satisfechísimo, dirá al verlos: “¡Lo conseguí! ¡Soy genial!”.

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