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Expos y urbanismo en Zaragoza – La información que te falta

LOS DUEÑOS DE LAS CIUDADES

El caso Zaragoza

“Sam Folwell se detuvo donde se cruzaban dos grandes arterias rectangulares de la ciudad. Miró en las cuatro direcciones y vio el mundo lanzado afuera de su órbita y reducido, por la cinta métrica y el nivelador, a un plano con multitud de esquinas. Toda la vida se movía sobre rieles, en muescas, de acuerdo con un sistema, dentro de sus propios límites, mecánicamente. La raíz de la vida era la raíz cúbica; la medida de la existencia, el cuadrado. La gente afluía por líneas rectas…”

O’Henry, Cuentos de Nueva York.

De acuerdo con el americano O’Henry, la naturaleza humana empezó a perderse en las ciudades burguesas por causas geométricas, por las líneas rectas de sus calles, por su arquitectura rectangular, por la mecanización de sus costumbres, por la cuadratura moral de sus habitantes, etc. La línea de la Razón es la curva, por lo que ciudad y sinrazón en la época burguesa llegaron a ser sinónimos. Un estilo de vida estándar dentro de un hábitat cúbico anunciaba la ocupación total de la vida social por la mercancía. En la medida en que la ciudad funcionaba como una máquina producía autómatas miserables. El desarrollo tecnológico no hizo sino perfeccionar los automatismos, pero dejó intacta la miseria. La ciudad automática, ese proyecto que los burgueses legaron a las sucesivas generaciones de dirigentes, es la de los seres previsibles y estereotipados, un escenario donde la vida discurre sin salirse del guión. Los sueños burgueses tardaron en producir ese monstruo, pues necesitaron por un lado la separación entre propiedad y gestión, y por el otro, la unificación entre los distintos poderes políticos y económicos, que por el reparto de tareas entre unos y otros aparentan oponerse. Ambas cosas revelaron la existencia de una nueva clase dominante ligada a la gestión del mercado mundial, eminentemente distinta de la burguesía clásica. La ciudad que le correspondía era algo más que mecánica; era una ciudad espectáculo no solamente edificada a imagen y semejanza suya sino directamente convertida en su imagen.

La transformación de Zaragoza en una ciudad espectáculo nos es cercana; es un hecho con treinta años de existencia más o menos. Los fastos de la EXPO 2008 que vendrían a proclamarla no hay que interpretarlos como una mera cortina de humo para ocultar la urbanización fraudulenta de un meandro del Ebro, un simple affaire de corrupción e incompetencia. Significan mucho más. Anuncian el advenimiento de una nueva burguesía con un nuevo estilo de gobernar, de construir y de extraer beneficios. Ésta funda su causa en la situación estratégica de Zaragoza, tratando de someterla a una economía “logística”, por lo que debuta en la historia con una expropiación, la de la ciudad misma. La ciudad es su “plataforma”, su herramienta de trabajo, como lo fueron las fábricas y los bancos para la burguesía que le ha precedido. La dirige como si fuera una empresa porque la política es ahora una actividad semejante a la empresarial, y la reduce a una imagen de marca porque en la sociedad del espectáculo las imágenes mediatizan las relaciones sociales. Para vender Zaragoza, afirman sus dirigentes, hay que “proyectar su imagen al exterior”, lo que quiere decir que mediante un circo de alcance internacional hay que fabricar una imagen de la ciudad atractiva para los capitales. El circo es la forma particular de manifestación de los intereses de la nueva clase dominante, no puede atribuirse a la megalomanía de una persona –Belloch– o de un grupo de personas –los partidos y clanes que le sostienen. Tampoco se trata del triunfo de determinados intereses privados –los inmobiliarios– sobre un supuesto interés público. En ese estadio del capitalismo no hay intereses públicos. Y no sólo porque para la nueva clase gestora, como antes para la vieja burguesía propietaria, su propio interés es el interés general, sino porque no hay público propiamente dicho, ni mucho menos opinión pública (no existen clases populares ni medios que expresen opiniones populares). La nueva clase dominante actúa como propietaria legítima de la ciudad –y del dinero público– en nombre de los habitantes, justamente porque en tanto que masas, no mantienen ningún tipo de relaciones entre sí, no pueden formular ningún interés común y, por lo tanto, no pueden representarse a sí mismas a ningún nivel. En resumen, el circo publicitario obedece de imperativos específicos de clase, propios de una nueva forma de poder separado que engloba las anteriores producto de una transición hacía una economía mundializada.

Como todos los usurpadores, la nueva burguesía disimula que acaba de llegar proclamándose continuadora de la burguesía de siempre, aquella que en “cincuenta años apasionantes” supo modelar Zaragoza conforme su visión del mundo gracias tres grandes exposiciones y, no lo olvidemos, gracias a la masacre de zaragozanos en 1936. Sin esa operación de exterminio Zaragoza sería muy diferente a la de ahora. Las exposiciones de 1868, 1885 y 1908 son los hitos del desarrollo de una burguesía comercial e industrial, la que trajo primero el ferrocarril y después la luz eléctrica, la que creó en sus fábricas de harina y en sus azucareras al proletariado de Zaragoza, la clase que no tenía que perder sino su miseria. Dicha burguesía, entroncada con los propietarios de tierras, ilustrada, monárquica y francófila, se mostró liberal y regeneracionista en lo económico e insensible en lo social. La única libertad que reivindicó fue la del comercio; las exposiciones no pretendieron más que establecer lazos económicos necesarios para practicar esa libertad. Se enriqueció explotando el trabajo de los obreros y la escasez de vivienda que la afluencia de los mismos había creado, con la consiguiente degradación e insalubridad, pretexto para la demolición del caserío tradicional, forma incompatible con las normas de vida esclavas de la sociedad de clases. La trama rectilínea definió el urbanismo de los primeros ensanches, tan apropiada para el tratamiento mercantil del suelo como para el policial. La calle de Alfonso I fue su primera operación higiénica y militar al estilo del prefecto de París Hausmann; significó una vía rápida de penetración en la ciudad histórica tanto para combatir epidemias de cólera como para atajar motines y sublevaciones. De todas formas, el descubrimiento más importante de la burguesía al apoderarse de la ciudad y reconstruirla según sus reglas fue la especulación del suelo. Se puede decir que la inventó, liquidando la herencia de siglos al echar abajo torres mudéjares y edificios históricos para en su lugar poner chimeneas e inmuebles de estilo ecléctico, regionalista o neorrenacentista. La burguesía zaragozana fue de las más resueltas en tratar la cuestión social con medidas urbanísticas drásticas, creando una No Zaragoza obrera, es decir, una periferia totalmente segregada y fragmentada, sin ninguno de los atributos de ciudad. Así pues, no abandonó el centro ni se contentó con formas suaves de zonificación concentrando a los proletarios en barriadas cercanas como el Arrabal o Torrero, sino que los expulsó de la ciudad. De principios del siglo XX son los primeros barrios obreros de Oliver, Delicias, Las Fuentes, Venecia, Utrillas, San José, Colón, Pignatelli, etc., construidos en zonas rurales, alejadas, sin normas, sin condiciones de habitabilidad sin medios. La burguesía reconocía a los obreros el derecho a la vivienda porque se enriquecía con ello, pero les negaba el derecho a la ciudad.

El urbanismo burgués proclamó el poder de la calle sobre la vivienda, el dominio del centro sobre la periferia y la supremacía de la circulación sobre la errancia y el callejeo. De ahí su agorafobia, su manía a la plaza pública, lugar tradicional de la comunicación popular, su obsesión por los “paseos” y los monumentos, escenarios de tránsito del poder o de sus tropas, y su interés en erradicar a los obreros del espacio ciudadano. La primera línea de expansión de Zaragoza –el Paseo de la Independencia— rompió definitivamente la cohesión de la ciudad antigua y consagró el crecimiento hacia el sur y el oeste, netamente burgués, siguiendo la orientación marcada por el Paseo de Sagasta y la Gran Vía. Tras las tres exposiciones la burguesía protagonizó un periodo de prosperidad y expansión. Cada uno de sus edificios, cada monumento suyo, cada barrio, representó un triunfo de la desigualdad y de la injusticia sobre los parias de la tierra. Pero como contrapartida hicieron su aparición los sindicatos únicos y se exacerbó la lucha de clases, causando tal pánico entre sus rangos que hubo de recurrir a pistoleros. La muerte del arquitecto municipal Yarza, la insurrección del cuartel del Carmen y el atentado contra el cardenal Soldevilla la decidieron al golpe de Estado y el dictador Primo de Rivera, en reconocimiento, obsequió a la ciudad con un parque que todavía hoy lleva su nombre. Las elites de Zaragoza quisieron tender mejores lazos con el ejército e inauguraron la Academia Militar cuyo primer director fue Franco. En poco tiempo se volvieron clericales y fascistas para defender sus privilegios de las acometidas de la clase obrera organizada, lo que se tradujo arquitectónicamente en un retorno al repertorio clásico. Irónicamente, el academicismo prologó el genocidio proletario.

A quien realmente ha heredado la actual clase dominante es al franquismo. No solo porque se nutrió con sus expertos, sus administrativos y sus promotores, sino porque continuó en lo esencial su política desarrollista. El franquismo fue también un régimen urbanizador. Bajo la dictadura se fraguaron los intereses financieros inmobiliarios que hoy dirigen el país y se sentaron las bases para su unificación con los políticos, lo que hoy ha alumbrado a la nueva clase dirigente, instalada en los mismos despachos del ayuntamiento que los partidarios del “generalísimo” construyeron al lado de la basílica del Pilar. Las diferencias si existen, son sólo de grado. La herencia del desarrollismo se concreta en la constancia de la especulación como principal fuente de acumulación de capital, pasando por encima de leyes o de planes; especulación que, gracias al uso generalizado del automóvil y a la construcción de vías rápidas y cinturones pudo promover la expansión ilimitada de las ciudades y la destrucción completa del territorio. Pero lo que más recuerda al franquismo es la preocupación enfermiza por la seguridad y el control social, manifestada a través de la tolerancia cero a toda forma de oposición verdadera, a la que se trata de suprimir mediante el recurso de la criminalización. Realmente, como durante el franquismo, la protesta social real que los medios llaman “antisistema” deviene inmediatamente un problema de orden público.

La burguesía franquista de Zaragoza se desarrolló al calor de las inversiones estatales, los pelotazos urbanísticos y la declaración de “Polo de Desarrollo Industrial”; en cambio, la nueva burguesía parte de la crisis de la industria y del modelo económico ligado a la producción de bienes y la financiación estatal, por lo que para financiar el cambio hacia una economía del tráfico y de la distribución de bienes sólo cuenta de entrada con el mercado del suelo y de la vivienda, es decir, con la especulación. Una especulación además, no favorecida por la demografía como durante el franquismo y la “transición política” –recuérdese la urbanización de la orilla izquierda del Ebro–, puesto que la población se ha estabilizado en los últimos años. Por eso y por cuestiones adicionales de competitividad, los objetivos de llegar al millón de habitantes y de controlar el área metropolitana son esenciales. Los campos de golf de las cercanías, la urbanización de la zona de Ranillas o los planes parciales aberrantes de Arcosur o Valdespartera no son simples negocios inmobiliarios, sino mecanismos financieros de urgencia de la ciudad-empresa que intenta registrar su marca con la Expo 2008, que traducen espacialmente el nivel de desposesión alcanzado por sus habitantes. Los dirigentes locales confiesan la intención de convertir Zaragoza en un centro clave de la circulación de mercancías, para lo cual proyectarán, o mejor arrojarán, la ciudad “hacia el futuro”. Han de conferirle una imagen futurista que impulse la concentración y combinación de todas las clases de transporte, lo que llaman ahora “intermodalidad”, gracias a la cual Zaragoza “dialogará” con su entorno, y para favorecer ese tipo de diálogos de la aniquilación territorial la clase dirigente necesitará una ciudad uniformizada, trivial y sin conflictos, y por lo tanto sin oposición. Para esa neutralización ciudadana se montan macrofestivales semejantes a la Expo de Sevilla, al Fórum de las Culturas de Barcelona o a la Copa América de Valencia. Dos formas sucesivas de espectáculo han tenido que integrarse. La primera, el espectáculo desarrollista, que enmascaraba su naturaleza fascista enarbolando el fin de las ideologías mientras ofrecía a los asalariados la libertad del consumo, y, la segunda, el espectáculo democrático, que ocultaba su origen pactado y su vocación totalitaria cubriéndose con una ideología de la libertad. El espectáculo desarrollista y el democrático han sido formas primarias que no llegaron a determinar la totalidad de las conductas sociales porque la realidad existía aparte, ajena a ellos. El espectáculo posmoderno resultante es sin embargo una forma madura, porque se mezcla con la realidad, falsificándola y a la vez reconstruyéndola como espectáculo. Nose limita a acompañar a la realidad alterando su percepción; no es ya una presentación engañosa de la realidad, es la misma realidad vuelta engaño. El márketing espectacular de la Expo mediante el cual la nueva burguesía zaragozana busca su lugar en la globalización capitalista no es pues un oropel. Para una Zaragoza pacificada, motorizada y amnésica, la Expo es la verdad más real y la realidad más verdadera.

En las sociedades donde reina el espectáculo nadie es quien dice ser y nadie actúa como propone. No olvidemos que una de las principales promotoras inmobiliarias de Aragón, Progea, pertenece al Partido Comunista. La oposición patentada no se opone al espectáculo pues forma parte de él. No perturba el orden. Al buscar el diálogo con los dirigentes, ecologistas, sindicalistas izquierdistas y Asociaciones de Vecinos entran en el terreno de la Expo y juegan el papel de casandras. Su lenguaje les delata; es el de los dirigentes, el de la dominación. Hablando de alternativas culturales y museísticas, de rehabilitaciones y equipamientos sociales, de espacios verdes, peatonalizaciones y aparcamientos, enuncian las aspiraciones de la Zaragoza pequeñoburguesa de los setenta, la que precisamente está en fase de liquidación, formuladas en su día por el urbanismo de las concejalías estalinistas. Los portavoces de aquellas reivindicaciones hoy militan en el otro campo, y los que las repiten, hablan en nombre de intereses caducos, que nunca fueron generales. Recogen las quejas de la clase media vecinal, sector aliado del poder que nunca criticó al desarrollismo sino sólo a sus excesos. Aquella Zaragoza era igualmente hostil a sus habitantes; aunque las distancias fuesen menores y el transporte público, barato, no por ello el tráfico y su “calidad de vida” dejaban de ser pésimos. En absoluto era una ciudad compacta y su “sostenibilidad” dejaba tanto que desear como la de ahora. Una ciudad de esas características tenía que alimentarse de los huertos urbanos hoy destruidos y no tener más de cincuenta mil habitantes, es decir, los que tenía Zaragoza antes de someterse a la férula de la burguesía. Tampoco las condiciones políticas de la Zaragoza democrática de anteayer eran óptimas: los “debates ciudadanos” nunca existieron y los “mecanismos de participación” siempre fueron inoperantes, por lo que reivindicarlos en unas condiciones todavía más desfavorables a la comunicación significa exigir simulacros. La Zaragoza de hoy es la Zaragoza de masas, un área geográfica despersonalizada repleta de solitarios asustados y obedientes. Disfrazarse de la oposición de anteayer para evitar las conclusiones que conducen a un enfrentamiento con los representantes de ese horror es un fraude. Como mínimo la oposición real ha de ser exterior al espectáculo y ha de tratar a sus contrincantes como representantes de la clase enemiga. La lucha contra la Expo es la misma que la lucha contra Arcosur o contra PLA-ZA y brinda una inmejorable oportunidad para desenmascarar la usurpación y liberar Zaragoza de los promotores y gestores. Reconquistarla, desmotorizarla y desmasificarla. Sacarla del mercado global. Transformarla en una amplia comunidad de intereses. Reducirla a escala humana. La verdadera oposición ha de hablar en nombre de todos los oprimidos y reivindicar la autogestión del espacio social para reconstruirlo y rehabitarlo según los sueños de emancipación contenidos en las luchas perdidas. La Zaragoza libre ha de tener otras calles, otras casas y otros habitantes.

MIGUEL AMORÓS

Charla organizada por el CSA La Revuelta en Zaragoza el 25 de marzo de 2006.

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