Votantes de Zaragoza: habemus Expo
… algo agotador, destructivo para el cuerpo y para la mente y por completo inútil. O, más precisamente, una obra tan innecesaria para los súbditos como imprescindible para el Estado.
Ismaíl Kadaré. La Pirámide.
El Poder, en forma de Estado-Nación, teocracia, dictadura o imperio, siempre ha necesitado de maniobras de adhesión del pueblo, de la gente. Necesita dar constancia edificada de su existencia y satisfacer de una u otra manera las absurdas ansias de grandeza de quien nunca será grande, pero podrá refugiarse en la euforia colectiva de la gran obra, de ser los más en algo, de realizarse en lo hecho con el esfuerzo común de los administradores y los administrados.
Cuando se trata de las grandes obras la ilusión que se crea es perfecta en torno a la idea de bien común y esfuerzo compartido. Lo cierto es que el esfuerzo nunca es ni mucho menos común o colectivo y los réditos del mismo estarán muy desigualmente repartidos. Los administradores en todo momento habrán llevado las riendas, decidido qué hacer, cómo y dónde hacerlo. También se preocuparán de recibir algo a cambio de parte de los administrados. No sólo dinero o prebendas, sino la seguridad de que serán ellos y no otros los que seguirán administrando la vida de sus súbditos, a la sazón, hoy en día individuos-voto.
Los administrados disfrutarán la obra, desde un punto de vista lúdico claro, la construirán mediante trabajo asalariado, la pagarán con sus impuestos y, en el límite de la tomadura de pelo, hasta pagarán por ver lo que han construido.
En los tiempos que corren ya no disponemos de un remanente de esclavos para que construyan la obra faraónica. Tampoco sirven los espectáculos desaforados e incluso bastante horteras de antaño, en su forma clásica, aunque tampoco los que nos ofrecen sean de muy buen gusto. Ni éstos se difunden mediante el boca a boca, sino mediante sofisticados medios audiovisuales.
Por otro lado, para estas maniobras, hoy en día, no sirven justificaciones divinas o de afirmación del poder absoluto del jerarca de turno. La obra, la nueva pirámide, podrá ser incluso cuestionada, pero sobre todo tiene que ser aceptada y eso sí, resultar rentable a quien la construye pero no la paga.
Frente al “porque sí” de las dictaduras, hoy en día tenemos una motivación colectiva mucho más perversa: la supuesta utilidad social, incluso la necesidad de ello y el consenso habido ante esa necesidad que nos crean. Si no es así, la ceremonia de adhesión no es completa.
Puede parecer absurdo que la construcción de esas megápolis del cartón-piedra que son las Expos, instalaciones olímpicas y otros eventos de gran escala y mayor presupuesto, que generalmente terminan convertidos en carísima chatarra, se justifique mediante una utilidad social de los mismos. Pero, por muy paradójico que resulte, no tenemos que buscar mucho para encontrar ejemplos muy claros de cómo se generan estos mecanismos y luego se dulcifica el fiasco final resultante.
Un buen comienzo es tener un tema, aunque a veces ni eso es necesario. Cuando alguien decide que se va a celebrar un evento tipo Expo internacional, es importante generar una buena excusa lo bastante generalista. En una población como la aragonesa, que ha demostrado una gran sensibilidad por las cuestiones del agua, el tema estaba claro y es lo bastante abstracto como para permitir hacer casi cualquier cosa. Lo mismo vale un parque temático que un simposio sesudo sobre el aprovechamiento hidrológico. O ya puestos, por qué no mezclar las dos cosas como se va a hacer en Zaragoza.
Cuando ya tenemos la idea general, aunque no se sepa ni qué se va a edificar, hay que empezar a venderla. Un buen comienzo siempre es el orgullo patrio. De patria chica o de Estado. Del tipo “Zaragoza saldrá por fin en el mapa”. Una frase cliché, que seguro hemos oído pero no escuchado y que sin embargo ha calado ampliamente. La idea de dar un orgulloso empujón promocional a una ciudad que se siente minusvalorada respecto a otras ciudades vecinas.
El turismo es un gran invento decía Paco Martínez Soria, así que asimilando tanto la idea como el personaje se nos intenta vender un lanzamiento turístico de Zaragoza y por extensión Aragón entero a través de la Expo. Vender el negocio del cemento como idea-fuerza no convence, así que recurrimos a esa especie de maná que es la industria turística en el Estado Español y que lleva la friolera de 40 años sirviendo de excusa para las mayores tropelías urbanísticas. Esto deja en un mal lugar la inteligencia colectiva del ciudadano medio.
Por supuesto no faltan las justificaciones económicas más clásicas, como la creación de empleo o la mejora de infraestructuras, aunque este último campo es mucho más peliagudo, por ser el más importante.
Las infraestructuras que genera un macroevento suponen la parte del león para sus promotores, a la vez que el mayor escollo para su propaganda. Evidentemente resulta difícil vender un teleférico que cruce el Ebro o un acuario con cocodrilos como algo de utilidad social, por no hablar de las obras que directamente atentan contra el Medio Ambiente o la calidad de vida como el azud del Ebro.
Sin embargo la construcción o el simple proyecto y promoción de esas payasadas faraónicas conllevan un importante efecto de pantalla sobre los proyectos que realmente interesan y que podrían resultar mucho más polémicos.
Así pues se embarullan promesas de obras de verdadera utilidad social, como mejoras en el transporte público, que suelen ser las que siempre quedan pendientes, con auténticas patochadas, como el teleférico de la Expo. Todo ello junto con obras de un coste muy elevado sobre las que oímos mucho de su espectacularidad y poco de su precio.
Todo esto mezclado con las obras accesorias (como llevar agua, luz y comunicaciones a donde no las había) y las que dicen mejorar la ciudad, como nuevos espacios para el vehículo privado, compone un paisaje desolador que se nos tiene que vender. Eso sí, no nos quepa duda que si no se vende, se impone. La disidencia tiene un límite.
El resultado final, de cara al ciudadano de a pie es una infografía más o menos resultona, un muñeco para que se saquen fotos los niños y un interesado reparto de baratijas pro-evento. Desde el reparto de los conquistadores españoles de espejitos a los indios americanos parece que no hemos cambiado tanto. Eso sí, nos ofrecerán ponerle nombre al muñeco absurdo, o si queremos plantar tilos o plataneros. El presunto ideal democrático también debe salir reforzado del evento.
Ahora bien, hemos tratado del resultado final de la propaganda, pero no de la articulación de la misma. Como decía un personaje de ficción en Farenheit 451, hay que darle a la gente una sola versión de las cosas, o mejor aún, ninguna, para no darles que pensar.
Este principio de novela, en realidad tomado del ideario fascista, se aplica con el máximo rigor en los grandes eventos que nos ocupan y el caso zaragozano no es una excepción.
La idea es simple: La Expo es buena. La imposición de la misma es más compleja, pero cuando no se escucha otra cosa, llega un momento en que se convierte en parte de nuestra habitualidad y terminamos creyéndonos lo que nos cuentan.
Marcuse lo explicó muy bien cuando habló de sociedad unidimensional. Esto quiere decir construir un lenguaje que justifica el statu quo, identificando lo real con lo racional. Vamos, en pocas palabras, el sempiterno y conservador es-lo-que-hay.
Unos medios de comunicación, convertidos en medios de formación, se encargan de divulgar este lenguaje, estableciendo la mediación entre el poder y sus actuales súbditos. Medios que son propiedad en muchas ocasiones de los mismos que subvencionan el evento, o que hacen de mero altavoz de grupos económicos o de poder que, de una forma u otra, los mantienen y generan reciprocidad al nutrirlos a su vez de información.
Como siempre nacen voces críticas se les puede callar, que resulta lo más cómodo, o si se llegan a hacer demasiado audibles se recurre a la manipulación más burda con los clichés del radical (asimilado a loco por el pensamiento único) y la minoría, que es casi lo peor que se puede ser en democracia.
Otro factor a tener en cuenta es que el organizador en principio siempre llevará ventaja en cuanto a que crea el problema, pero, como ya sabe cúal es, al tiempo puede elaborar la excusa, que también le servirá a posteriori.
La maniobra de adhesión puede parecer maquiavélica, cruel para los súbditos, pero la idea final es mucho peor. La guinda del pastel es el intento de convencernos que además lo hacen por nuestro bien y, para colmo, conseguirlo en un porcentaje aceptable de casos.
Ya sólo queda el después. No es demasiado relevante que el evento haya resultado un absoluto fracaso económico o de asistencia. Las excusas para un fiasco o un volumen de gastos excesivo – no hay más que revisar unos cuantos informes de anteriores eventos – son de lo más pueril y están destinadas no tanto a combatir el descontento como a fomentar la resignación. Después de todo habrá que pagar y, tarde o temprano, callar.
Es tan fácil justificar el fracaso como culpar al mal tiempo, a una mala difusión o a la inexperiencia, siendo que el evento si de algo presume es de único e irrepetible.
Los administrados, incluso los opositores, ya poco podrán (podremos) hacer. Nada conviene más al sistema que los hechos consumados.
Dicen por ahí que nos queda la rabia y los sueños.
J.M. Marshall
Bibliografía citada o recomendada:
- Ismail Kadaré, La Pirámide (ficción)
- Farenheit 451, Ray Bradbury (ficción)
- Técnica de desinformación, Abraham Guillén
- Sobre el “pensamiento único”, artículo de José Manuel Naredo
- El Hombre Unidimensional, Herbert Marcuse


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