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El legado intelectual que nunca existió

Aunque a estas alturas ya sea un secreto a voces, en el día del aniversario de la inauguración de la Expo, José Luis Trasobares publica esta columna en el Periódico de Aragón.

14/06/2009 JOSÉ LUIS Trasobares Gavín

El alcalde Belloch intenta demostrar que el legado intelectual de la Expo está “más vivo que nunca”. Sale así al paso de las declaraciones del expresidente de Expoagua, Roque Gistau (recogidas por Heraldo con evidente entusiasmo), en las cuales se quejaba de que el susodicho legado estuviese cayendo en el olvido.

Por todos los dioses, qué cosas hemos de oír. Así que el legado, ¿eh? Pero… ¿de qué diantres nos hablan unos y otros? La Expo no ha dejado herencia intelectual alguna. La puesta en marcha de una opinión hidrológica de repercusión global fue malbaratada casi desde el principio. No interesaba. Aquí lo único importante fueron las obras y el espectáculo.

Aún nos hablan de la Carta de Zaragoza, un extraño documento con pretensiones de gran declaración universal cuya difusión en los foros internacionales (tanto sociales como científico-técnicos o diplomáticos) ha sido mínima e irrelevante. ¿Qué respaldo tiene esa supuesta carta? ¿Cuál es su objeto y su destinatario? Por no hablar del contenido. Básicamente viene a proclamar el derecho de los seres humanos al agua potable… siempre que la paguen, claro. Se nota que Gistau fue, antes de la Expo, ejecutivo de la multinacional Suez, cuyo negocio es precisamente la gestión y venta de suministros hidráulicos.

De la Tribuna del Agua (que ahora ha sido trasladada a La Alfranca cual desharrapado zombi) mejor ni hablamos. Organizó una serie de actividades protagonizadas por personajes de segundo o tercer nivel con una abrumadora presencia de funcionarios y colaboradores del Banco Mundial (¿pretendían los programadores hacer méritos ante dicha institución para preparar su particular y provechosa post-Expo?). Fue preciso incluir sobre la marcha gorbachoves y menchúes para darle tono al asunto. En su conjunto la producción intelectual de la Tribuna fue tan irrelevante como la Carta de Zaragoza. Su impacto global, nulo.

A todo esto, el gran objetivo estratégico era desencadenar un proceso para crear (y ubicar en Zaragoza) la Agencia Mundial del Agua, un nuevo organismo de la ONU dedicado en exclusiva a la hidrología. Pero ello requería una potente acción diplomática del Gobierno de España que nunca se llevó a efecto. Peor aún: la Oficina para la Década del Agua, ubicada en la antigua Casa Solans, quedó atrapada en las pugnas internas entre la ONU-Nueva York y la Unesco-París. Empezó con once empleados y un director de alto nivel, pero hace tiempo que allí sólo trabajan tres o cuatro personas cuyo cometido se desconoce.

Tal vez aún haya tiempo para dar alguna entidad al fantasma de ese legado que nunca existió. Pero será laborioso y habrá que empezar prácticamente desde cero. Entre tanto sería muy bueno que ni Gistau ni el alcalde nos cuenten leyendas. Hay gente que se las cree, y claro…

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