El agua de la Expo
En 1984 un grupo cívico de la ciudad norteamericana de Dallas invitó a Ivan Illich, uno de los personajes más interesantes que ha transitado por el siglo XX, para dar una charla. La razón de la invitación fue oír su opinión sobre el proyecto, discutido desde hacía más de 70 años, de crear un lago artificial en el centro de la ciudad. En la conferencia Illich expuso a su auditorio que el lago proyectado iba a ser un fracaso. La Modernidad –les dijo– ha domesticado y positivizado tanto el agua que prácticamente ha borrado en ella su capacidad de evocar.
En cierto sentido Illich parece tener razón. Oyendo y leyendo a las distintas clases de especialistas que han hablado sobre el agua en la Península durante todo el siglo XX da la impresión de que economistas, sociólogos, biólogos, ingenieros y políticos, tanto de Valencia, Murcia o Madrid como de Cataluña y Aragón, no saben hablar del agua más que en términos económicos o biológicos. Muy pocos, entre ellos nuestro Martínez Gil, son los que le otorgan cualidades simbólicas.
La Expo es reflejo de esta situación. Por lo que vamos sabiendo de ella no va a haber mucha referencia a esa relación imaginaria que la especie humana de cualquier latitud ha entablado con el agua. Quizás, como parece sugerir Illich, porque se han deteriorado nuestras facultades para soñar. Afortunadamente, de vez en cuando, algún que otro artista, en muchos casos sin saber cómo ni por qué, nos trae imágenes de esas aguas que nuestras más influyentes élites ya no saben ver.
Por ejemplo, al comienzo de Roma, la hasta ahora última película de Aristaráin, el protagonista está frente a un río cuyas aguas descienden lenta pero irremediablemente dibujando y borrando formas. Frente a ellas el escritor recuerda el consejo de su padre: “la mejor manera de olvidar es lanzar los pensamientos al agua y dejar que corran con ella”. La imagen del agua moviéndose y la reflexión que la acompaña no son de Aristaráin. Lo sepa o no, en esa parte inicial de la película sólo ha hecho que permitir la manifestación de un arquetipo que contiene muchas variantes. En la cultura india, por ejemplo, las cualidades purificadoras que se atribuyen al agua consisten, entre otras cosas, en que borra de los muertos la memoria de su vida para que así puedan reencarnarse en una nueva existencia. En Grecia, por el contrario, el agua está asociada a uno de los Titanes previos a la fundación del mundo, Mnemosyne. Aunque también tiene la facultad de lavar y arrastrar los pensamientos, al contrario que en India, esa propiedad se utiliza para recordar mejor.
LA MEMORIA, perdida o recuperada, es sólo uno de los motivos asociados al agua desde la noche de los tiempos. También simboliza la suma universal de las virtualidades, el depósito de todas las posibilidades de existencia. Por eso, para la mayoría de las culturas, la naturaleza primordial es el mar-madre. En los Vedas, por ejemplo, las aguas reciben el apelativo de “maternas” pues se considera que circulan como lluvia, savia, sangre y leche dando vida al mundo. Por su parte, la arqueóloga lituana Marija Gimbautas sugería que el hecho de que la vida humana comience en el agua del vientre de la mujer permitió en las sociedades preindoeuropeas vincular a la Diosa con cualquier clase de aguas. Las formas circulares y líneas onduladas de los primitivos simbolizan precisamente esas aguas amnióticas. En ellas suelen habitar moras, hadas, ninfas y nereidas.
Sin embargo, el agua, como la madre arquetípica, tiene un carácter ambivalente. Es tanto donante de vida como asesina. Alimenta pero también engulle a sus hijos. Quizás sea por eso que las cosmogonías relativas a la creación aluden siempre a una conjura de la original, informe y peligrosa ambivalencia del agua y siempre, con una división, un dios solar, representante del principio masculino, hace espacio para la creación. Sin embargo, para mantener ese orden cósmico levantado sobre las movedizas y ambiguas aguas, muchas divinidades asociadas a ellas exigirán grandes sacrificios a los hombres, caso de Tacloc entre los aztecas, Poseidón y Neptuno entre los griegos y romanos, Indra entre los indios, etc.
LA ACTUALIDAD arquetípica del agua que más parece haber resistido el paso del tiempo tiene que ver con su eficacia para limpiar lo sucio y purificar lo impuro. Su capacidad para limpiar viene dada por su poder para hacer desprender y arrastrar lo que se pega a la gente, sus ropas o sus calles y ha sido encomendada desde el siglo XIX a la higiene y a la ingeniería hidráulicas. Su utilidad para la purificación tiene que ver con la capacidad del agua para penetrar hasta el ser y transmitir su frescura, claridad y pureza. De ahí el sentido del bautismo, que simboliza la muerte y renacimiento espiritual. Aunque la limpieza-material y la pureza-espiritual han sido y son todavía en algunas culturas, caso de la India, dos caras de una misma moneda, ya no lo son en Occidente. El valor profano y científico de lo limpio se ha alejado de su matriz originaria y el valor religioso de lo puro parece haberse desvanecido. ¿Habrá entonces que dar la razón a Illich cuando asegura que nuestra prosaica Modernidad ha terminado convirtiendo el agua en mero H2o?. No lo creo.
Uno de los lugares donde las aguas todavía retienen propiedades mágicas y alojan a seres maravillosos está en los Pirineos, muy lejos de la Expo. Se llama la Basa la Mora. Tiene ese nombre porque bajo sus aguas claras y frescas vive un hada que en lugar de cabellos tiene serpientes. Al parecer emerge todos los años después de la noche de San Juan. Sin embargo, sólo la pueden ver quienes tienen el corazón limpio.
Dicen los turistas que van a pasar esa noche mágica en las orillas del ibón que no logran ver a la Mora. Quizás sea porque no tienen el corazón puro. Aunque yo más bien creo que, en realidad, se debe a su falta de imaginación. Lo cual es una pena porque, como dijo Hölderlin, “el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”.
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Hola a todos:
Aunque personalmente el artículo se me queda “corto” para la crítica (a agua pasada, claro está…) que cabría hacerse a la Expo, es una buena reflexión y, a buen entendedor, transmite bien que la Expo va a ser una maquillada galería de parques temáticos y fontanería en tubos de platino.
Cuando Bergua dice en este artículo refiriéndose a las cualidades “no monetarias” del agua que “Muy pocos, entre ellos nuestro Martínez Gil, son los que le otorgan cualidades simbólicas”, me atrevería a matizarle -desde la tremenda distancia de los profundos conocimientos filosóficos del autor y mi modesta labor de voluntaria de los ríos-, que no se trata de OTORGAR, sino de “ver” lo que el agua ya tiene.
En este sentido, y para acabar de un modo relajado… ¿creeis que Biel, Belloch, Aliaga, Alcalde, Marcelino, Boné, Barrena, Ciudad, Trillo, Gistau y demás Marbelleros sin Fronteras, verían a la morica de la Basa de la Mora, ésa cuya visión según la leyenda, está reservada a las almas limpias…?
Saludos,
Victoria
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elperiodicodearagon.com/noticias/noticia.asp?pkid=294562


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